Kurotsuki no Pochi

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 Olvidame...

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Tsuki



Mensajes : 316
Fecha de inscripción : 16/05/2008
Edad : 24
Localización : debajo de tu cama... bu! :D

MensajeTema: Olvidame...   Sáb Jul 05, 2008 12:49 am

Bueno, ya que nadie se anima empezaré a colgar mis historias aqui ^^
La mayoria de los que estais ahora mismo ya las habeis leido y todo el royo, pero bueno, las cuelgo para los que no y les interese ·w·U

Pero mejor hablo de esta... XDD
Pues la historia se me ocurrió gracias a una canción... y si no me equivoco era la de "Don't you cry", de Kamelot *_*
Aviso de que es un dramón y tal (la mayoria de mis relatos son asi) y soy bastante cruel con mis personajes =3
Y el titulo... ha sido improvisado ·w·U
no sabia como llamarlo y ale.. xDDD

Olvidame...
-Aún te quiero…
El susurro se perdió en el silencio como si jamás hubiera sido pronunciado. Unas lágrimas amargas rodaron por su rostro. Sabía que había hecho bien. Aunque ello le hubiera condenado al peor de los infiernos…

Era una tarde soleada de verano. El sol quemaba allí donde ponía sus rayos, haciendo que la mayoría de la gente se refugiara bajo las palmeras, en los bares o en sus casas. Poca gente caminaba por la calle, y eso le alegró; había salido de casa por el simple deseo de estar sola. Quería pensar. Pero por muy solitaria que estuviera la calle, no pudo concentrarse. Él era el dueño y señor de sus pensamientos. Su rostro se reflejaba en todos los rincones de su mente. Deseaba verle, abrazarle, besarle. Pero sabía que aquello acabaría. Tenía que acabar.
Sin poderlo evitar, sus pasos la guiaron hasta la estación. Tan solo un anciano permanecía sentado en uno de los bancos, mirando como pasaba el tiempo, esperando a alguien que jamás regresaría. Ella se sentía igual que aquél anciano; esperando algo que ya acabó. Suspiró al subir al tren, deseosa de que aquél viaje fuera eterno, sin final, por no tener que enfrentarse a su propio corazón de nuevo. Contrariamente a sus deseos, el viaje se le hizo sumamente corto. No debería estar allí; no en aquél momento. Sin saber qué podría encontrar, ni cual sería la reacción al saberlo. Cuando estuvo en la calle, miró alrededor. Por un instante llegó a pensar que él estaría esperándola, como cada vez que quedaban, con aquella sonrisa radiante que le volvía loca. Una fuerte sensación de soledad se apoderó de su cuerpo, oprimiéndole el pecho, haciéndolo sangrar. Pero ya no tenía sentido aquél dolor. Todo iba a acabar pronto…
Dirigió sus pasos por aquella ciudad fantasma, donde la gente permanecía escondida por el calor. De pronto una puerta se abrió de golpe, saliendo del interior un muchacho de cabello rubio y ojos verdes. Se precipitó a la calle, tirándose a los brazos de la muchacha. El dolor volvió a pincharle fuertemente. Se sentía morir en aquel abrazo. No debería haber sido así; era todo más doloroso.
-¿Cómo que has venido? –Preguntó el muchacho, besándola tiernamente en los labios y volviendo a abrazarla.
-Esto no puede seguir así.
Aquellas palabras rasgaron su garganta como si de cuchillas se tratase mientras salían de su boca. Sentía el calor de la sangre derramándose desde su corazón. Ya no había vuelta atrás.
El rubio la miró con extrañeza en sus ojos. No entendía qué quería decir la persona a quien más amaba en el mundo con aquellas palabras. Antes de que pudiera preguntar, ella contestó.
-Se ha acabado. Definitivamente. Olvídame.
Se dio la vuelta, ocultando la mirada bajo un halo de sombras que su propio cabello le proporcionó. Sentía las lágrimas resbalar por su rostro, ardientes, afiladas, rasgando su piel y su alma. La mano del chico agarró su brazo, temblorosa. No quiso mirarle de nuevo. No volvería a mirarle a los ojos; aquellos mismos que le enamoraron, que le expresaron con una simple mirada el mayor amor que jamás había visto en su vida.
-¿Por qué…? –con un hilo de voz, el muchacho preguntó antes de soltarla, viendo que se había quedado quieta.
-Por que no tiene sentido… No te mereces esto.
Esta vez salió corriendo, dejando atrás todo cuanto amaba en el mundo. Corrió hasta la estación, donde ya estaba a punto de salir el tren. Al sentarse dentro del vagón, aquella tristeza que la había perseguido durante días se apoderó de ella con tal intensidad que no pudo evitar que las lagrimas cayeran de sus ojos.
Aquella noche no volvió a casa. Permaneció sentada a la orilla del mar, mirando las olas ir y venir. La pálida luz de la luna se reflejaba en el agua, dándole al paraje un brillo especial. Sabía que debía volver a casa, todos estarían preocupados. Seguro que su madre estaría pensando en lo peor, mientras su padre intentaba tranquilizarla. Pero ya daba igual. Era mejor así. Estarían más preparados para cuando pasara de verdad.
La noche refrescó, calando el frío en sus huesos. Al amanecer, decidió volver a casa. Se sentía flotar sobre el suelo, como si ya no perteneciese a ese mundo. Esperaba una bronca por parte de sus padres, pero en vez de eso, le lloraron, agradecieron a dios que su hija aun siguiera con vida. Pasó el resto del verano escondida en sí misma. Quizás un mes más, pensó. Solo un mes más.
Era principios de Septiembre cuando volvió a salir de casa. En su interior notaba que ya había llegado el día que tanto dolor le había causado. Anduvo por las calles de su ciudad como si fuese un muerto viviente. Las personas, los lugares, todo parecía haber cambiado. Se encontró frente a la estación. También había cambiado desde la última vez que había estado allí. Había bastante gente entrando y saliendo de los vagones, excepto una. Una mujer vestida de negro colocaba un ramo de flores sobre el viejo banco donde antes se sentaba aquél anciano. Decidió volver a abrir la herida que había estado a punto de matarla, no física, pero si interiormente. Subió al tren con un único destino; su muerte. Volvió a aquél lugar donde dejó su corazón hecho trizas. Una dulce voz llegó a sus oídos. Notó como su cuerpo temblaba al oírla. Era él. Después de dos meses volvería a verle. Pero él jamás la vería a ella. No quería hacerle sufrir.
Estaba en una cafetería. Lo vio con sus amigos, riendo, bromeando. Se internó en el local con ánimo de poder verle el mayor rato posible sin ser descubierta. Las lágrimas rodaron de nuevo por su rostro al ver aquella sonrisa. Ésa misma que, si hubiese sido egoísta, hubiera estado junto a ella esos dos últimos meses. Pero no era igual que antes. Igual que su mirada. Sus ojos no llegaban a expresar aquél sentimiento de antaño. Al cabo de unas dos horas, uno de los chavales que le acompañaban se dirigió al baño. Para la desgracia de la pobre muchacha, no tardó en reconocerla.
-¿Qué haces tú aquí? –Su voz, a la vez que sorpresa, reflejaba un cierto tono de odio.
-No le digas que estoy aquí. Será mucho peor si sabe que…
-Tranquila, no pensaba decirle nada. Pero márchate. Ya he visto suficientes veces llorar a mi mejor amigo por tu culpa como para volver a romperle el corazón.
Sin rechistar, se levantó de la mesa y salió al exterior. Un golpe de viento azotó su rostro, soltando su pelo y haciéndolo bailar a su son.
-Aún te quiero…
El susurro se perdió en el silencio como si jamás hubiera sido pronunciado. Unas lágrimas amargas rodaron por su rostro. Sabía que había hecho bien. Aunque ello le hubiera condenado al peor de los infiernos…

Había vuelto a sentir aquél dolor en el pecho. Mientras estaba con sus amigos en la cafetería, una muchacha de más o menos su misma edad iba vestida igual que ella. El mismo tono en el color del cabello. La misma manera de andar. Pero no podía ser ella. No, no debía pensar en ella.
Aquella noche apenas durmió. Un terrible presentimiento azotaba su mente como un gran martillo. Logró cerrar los ojos con los primeros rayos de sol, que se filtraban por las rendijas de la ventana. Pero no duró mucho. Su madre, a primera hora, entro en la habitación.
-Hijo, hijo. Despierta. ¡Es terrible!
La miró algo enfadado. Pronto cambió de expresión al ver la de su madre. El rostro estaba marcado por finas marcas de agua, producidas por las lágrimas que salían de sus ojos. Parecía haber envejecido diez años de golpe. En la mano izquierda, temblorosamente, sujetaba el teléfono inalámbrico.
-Ali ha muerto.
Fue como si el mundo le cayera encima. Miles de imágenes pasaron de pronto por su cabeza, como una película. En todas aparecía ella. Su mejor amiga. El amor de su vida. Recordó el día que se conocieron, cómo pese a la distancia solían quedar frecuentemente, cómo se alegró al saber que el amor que sentía hacia ella le era correspondido. Todos los besos y abrazos rodearon su cuerpo como viles cuchillos afilados. La despedida. Aquella trágica despedida en la que su corazón había muerto para siempre.
Se levantó de pronto, poniéndose la primera ropa que tuvo a mano. Salió de casa a toda prisa, dirigiéndose a la estación.
-No, no es verdad… No es verdad…
Saber que no estaba junto a él pero, aun así, era feliz, le había mantenido con vida. Pero ahora no. Se había ido. Para siempre. Cuando llegó a su casa, el padre de Alicia le abrió la puerta con lágrimas en los ojos.
-Sabíamos que iba a pasar. Lo sabíamos… Mi hija… Mi pobre hija…
Sin hacer caso a nadie, entró en la casa, buscándola, deseando volver a verla. Lo único que encontró fue una familia destrozada, de luto por la perdida de su hija. Los recuerdos poblaban aquella casa. Debía marcharse, no podía estar ahí. El dolor le asfixiaba, sin dejarle respirar. Una mano pálida se posó en su hombro. Casi irreconocible, la madre de la muchacha le miraba desde un pozo de tristeza.
-Ella te quería. Más de lo que puedas llegar a imaginar. Escribió esto para ti en sus últimos momentos…
Le entregó una carta. Él, sobrecogido, la cogió con sumo cuidado, como si fuera a romperse en cualquier momento. Salió de aquella casa y respiró profundamente. Tras relajar un poco su cuerpo y su mente, se sentó en un banco de un parque cercano y abrió la carta.
“Querido Ed:
No se como empezar. Supongo que te será doloroso leer ahora esto. Pero tienes derecho a saberlo. Creía que ya te habías olvidado de mí, pero al ir a verte me he dado cuenta que no. No creí que llegarías a pasarlo mal por mi culpa. Era lo único que no quería. Quería que fueses feliz, que no sufrieras por mi causa.
Supongo que aún te preguntas por qué dije aquello. Por qué me fui así por que si. Aunque no lo creas, hay una explicación. No quería hacerte daño, que sufrieras por lo que ya no podía evitarse. Iba a morir en poco tiempo, lo sabía. Y creí que si me olvidabas no sería tan duro de soportar.
Hace ahora siete meses me diagnosticaron una enfermedad. Mi corazón no latía lo suficiente, y poco a poco iba parándose, lentamente. No me quedaba mucho tiempo. Y quise disfrutarlo contigo. Hasta que me di cuenta de que aquello era un acto egoísta. Fue entonces cuando decidí acabar con todo. La vida había dejado de tener sentido para mí, pero tu aún tienes tiempo de seguir adelante con la tuya. Y es lo que te pido. Sigue viviendo. Por ti. Por los dos.
Yo siempre te querré.”

De nuevo volvió a sentir aquél escozor en los ojos. Las lágrimas resbalaban por su cara hasta precipitarse al vacío. Todo había acabado. Pero seguiría viviendo, manteniendo el recuerdo de la persona a quien más amó en toda la vida. Para siempre.




Fin

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Aine (L)



Mensajes : 39
Fecha de inscripción : 06/07/2008

MensajeTema: Re: Olvidame...   Miér Jul 30, 2008 9:12 pm

Dios... Tsu...
No he llorado porque tengo a mi hermana dando vueltas como una mosca, pero créeme que tengo ganas de hacerlo. Creo que es de lo mejor que e leído tuyo, y si no me equivoco son 5 escritos los que he leído...
Bueno, que el que esté leyendo este coment que se lea también el texto; es precioso...


PD:lo de: Se ha acabado. Definitivamente. Olvídame. Te lo he pillao para mi firma en Bhelannia... xD
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Olvidame...
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